26.9.08

Si algo no me preocupa es el veremos. Eso está claro.
"Nosotros no convalidamos el accionar de la dictadura. Ellos cometieron un genocidio. Hay sectores que van a querer politizar este caso, y nosotros no queremos prestarnos a ningún sector, llámese Pando o quien sea. No se debe mezclar el crimen de mi padre con los de la dictadura, porque a mi padre, si no lo hubiesen matado en el '73, hoy sería un desaparecido. Nadie en la familia Rucci está en contra del juzgamiento a los militares ni de que las Abuelas recuperen a sus nietos. Nosotros no pagamos con la misma moneda".

24.9.08

my funeral once

El crimen desorganizado entra y sale de mi casa. O va a la casa de al lado. Todos mis amigos son iguales. Y los que no son iguales son tan diferentes que somos ausentes. Hace poco un amigo volvió arrepentido a su casa y ya por acá ni pasa. Ni el teléfono atiende. Serán las indicaciones del psiquiatra: "Seguí con el rivo, pero ni te juntes con el músico furtivo". No lo culpo, a mí me pasó algo muy parecido. Y me desintoxiqué. Engordé. Y desayunaba al mediodía. Cinco minutos de felicidad. ¿La verdad? Que a veces mataría por otros cinco minutos más. ¿Y que más? El resto de la vida. ¿La vida? ¿Cuál vida? La mía te asustaría. A mí que la vida me gusta, también me asusta. La verdad que tengo momentos de debilidad. Y quiero ir al cine. Ir a cenar a lo de una pareja de amigos. Hablar de Jarsmuch y Abel Ferrara. Y ninguna mañana rara. Miro a los otros que son como yo: mala vida. Si no se suicidaron ya, fue por cobardía. Cómo quisiera ser tan diferente. ¿Qué habré recibido a cambio de ser un solitario del carajo? ¿Un buen trabajo? ¿Facilidad musical? ¿Violencia intelectual? ¿Fama? ¿Respeto? No está mal... Pero la herida es mortal. No estoy solo. De verdad. Me acompaña mi propia soledad. Nadie sabe lo que pasa con la gente diferente. El bohemio se pudrió mucho antes del milenio. ¿Y el reo? Queda feo en un mundo grasa. ¿Qué pasa con los vagabundos y los borrachines y los soñadores? Yo te digo qué pasa: se quedan sin casa. Y la vida moderna los arrasa. Los pasa por arriba y se los morfa. Se los come. O los encierra bajo dieta de Cindor y cocaína. O les lame el orto esperando que terminen arrastrándose. No lo sé. A mi me parece claro como el agua podrida. C'est la vida. Interminablemente se vuelve uno decadente. Y en una sociedad que engorda mostrás los huesos. Esos huesos. Ese abandono. ¿Será la capa de ozono? No lo sé. A mí me parece claro como el agua estancada: no pasa nada. A mí me parece claro como el agua podrida: así es la vida. That's life. That's what all the people say. My funeral once. De bronce.

16.9.08

man in black 7 (secuestro en jamaica 1)

El robo tal lo recuerdo empezó exacto a las seis de la tarde del día de Navidad de 1982. Los que estábamos en nuestra casa de Jamaica éramos, además de su servidor, mi esposa June, nuestro hijo John Carter Cash, su amigo Doug Caldwell, mi hermana Reba Hancock, su marido Chuck Hussey, nuestra cocinera y ama de llaves miss Edith Montague, su hijastra Karen, una amiga, Vickie Johnson, de Tennessee, y nuestro amigo arqueólogo, Ray Fremmer.

No teníamos guardias en aquella época. Ni puertas cerrdas con llave. Estábamos en el comedor, una larga y estrecha sala que hace el ancho completo de la casa y está ocupada por una alargada mesa donde veinte personas pueden comer cómodamente.

Nos habíamos sentado a comer, nos disponíamos a decir la oración, cuando entraron de golpe. Un ingreso sincronizado a través de las tres puertas. Uno llevaba un cuchillo, otro un hacha y otro una pistola. Los tres llevaban la cabeza cubierta con medias de nylon.

Sus primeras palabras fueron gritos: "¡Esta noche acá va a morir alguien!". Miss Edith cayó desmayada en el acto.

Nos colocaron boca abajo en el suelo. Miré a June y la vi esconder su reloj y su anillo, y recé para que no la descubrieran. No lo hicieron. Deseé con todo mi corazón que Ray no llevara encima su pistola aquella noche, porque de ser así hubiera intentado algo.

El que estaba armado dijo: "Queremos un millón de dólares o alguien va a morir".

Yo me mantenía muy tranquilo. Me había dado cuenta que para sobrevivir debíamos mantener una actitud calmada y razonable.

Levanté la cabeza y miré al pistolero. "Ya saben que su gobierno no nos permitiría entrar con un millón de dólares en el país, aunque lo tuviéramos, que no lo tenemos -remarqué-. Pero si nos hacen daño, pueden llevarse todo lo que tenemos".

"¡Tienen dinero!", insistió.

"Sí, lo tenemos -dije-. Pero no un millón de dólares". De hecho, teníamos varios miles de dólares en mi maleta bajo mi cama, y naturalmente June tenía sus joyas. Aquellos tipos saldrían bien parados si todos nos manteníamos en calma.

Hasta ese momento, nuestro grupo no lo hacía demasiado bien en ese aspecto. Desna sufría un sonoro ataque de pánico y miss Edith, una vez revivida, empezó a gritar: "¡Voy a tener un ataque al corazón!".

Quizás sí fuera a sufrirlo. Nuestros captores así debieron pensarlo, pues la dejaron sentarse y uno de ellos ordenó a Desna que trajera un vaso de agua de la cocina. Fue un momento revelador, la primera señal de que tal vez esos hombres no eran profesionales, o por lo menos no eran asesinos. Unos tipos verdaderamente duros no se habrían inmutado por la salud de miss Edith ni hubieran tolerado su histeria. La hubiesen usado como ejemplo para el resto pegándole un tiro, o abriendo su cabeza con el hacha.

También observé que eran muy jóvenes. El de la pistola debía tener unos veintipico, pero los otros dos eran adolescentes y todos estaban muy nerviosos. Eso me reconfortó. Quizás no debió ser así, pero lo hizo.

Nuevamente pensé: "Si mantenemos la calma, podemos salir bien de esto".

(continuará...)

1.9.08